Jarmusch es un gran creador de personajes, sobretodo de tipos peculiares, muy parecidos a él mismo, cuyo careto contiene toda una mitología personal. En esta película, este autor recupera a personajes con carácter a la altura de aquella película de culto suya llamada Ghost Dog. La trama parece no importar mucho, pues en realidad lo que cuenta gira alrededor de las amistades, la cultura, los gustos, la familia y la relación de pareja de estos dos seres oscuros. La historia daría para una serie o una telecomedia dilatada, que contaría las andanzas hogareñas de estas criaturas inmortales. Pero lo que creo que subyace, y por lo que me parece muy importante esta cinta, es su reflexión sobre la figura del artista creador, como una suerte de vampiro que fagocita todos los productos culturales que consume, y a la vez crea nuevo material de forma no siempre reconocida.. El uso de los paisajes decadentes, de ciudades con fuerte impronta histórica en un pasado reciente, que yacen ahora sumidas en la degradación y en el olvido, convierte a esta pareja en gente interesante, quizá bohemia y snob, pero ciertamente los últimos de una especie presta a desaparecer, a pesar de su inmortalidad. Pero también son creyentes a su manera en la vida y en el amor romántico. Digo bien, son románticos a la vieja usanza del siglo XIX, viajeros del tiempo leales con sus amigos. Pueden hacerse varias lecturas de las andanzas de estos seres sensibles y de sus dependencias. Sólo quiero decir que la última secuencia, en las ruinas de una plaza de Tánger, es magnífica e impagable...


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